20 de septiembre de 2012

Lugares paradisíacos


Uno
Yo tenía ocho años.
El cielo aún se precipitaba sobre nosotros cuando dos arcoíris —sí, señores, dos, y podían ser tres tranquilamente— rodearon al sol. Olía a lluvia, a tierra húmeda, a hierba maltratada, a estiércol, a no sé qué olor misterioso de los valles andinos. Bajamos del automóvil para unirnos a la comparsa, a esos olores inidentificables, a los sonidos guturales de las cavernas, de los árboles, de las sombras. Más allá estaba el río furioso, amenazante, acaso reclamando su supremacía sobre la serranía, sobre el Perú, sobre todo. Al rato pasaron unos pueblerinos por dónde nos encontrábamos, jalaban unas mulas de ojos relampagueantes. ¿Qué lugar es este?, les preguntó mi padre. Chocón, señor.

Dos
Invierno duro en Ohio. Para llegar al hotel desde donde nos encontrábamos teníamos que cruzar un pequeño bosque —venido a menos por las nevadas— que daba a una laguna congelada. A medida que entrábamos toda nuestra ropa parecía insuficiente para abrigarnos. Dianita quiso llorar, pero se consolaba con las increíbles fotografías que Wendy nos sacaba de cuando en cuando. Finalmente tropezamos los tres y lo único que vimos era la nieve que nos había sepultado. Apenas me recuperé de la caída, socorrí a Dianita que temblaba. ¿Has visto a Wendy?, le pregunté. Ella asintió y señaló en dirección a la laguna. Vamos, le dije, dándole mis guantes. En la orilla encontramos a Wendy con su cámara y a unos cuervos graznando por lo cielos.

Tres
—¿Cómo tai, po? 
—Bien, gracias —respondí—. No podría estar más contento.
—¿Alguna vei ha’ ido a lo’ ande’ chilenos, peruanito?
Negué con la cabeza.
—¡Súbase, po! —me dijo eufórico, aflautando la voz—. Ahora mismo vamo’ para allá.
Trepé la camioneta y me acomodé lo mejor que pude al lado de las otras tres personas que viajaban ahí. Media hora después estábamos rodeados de insectos enormes que nos atacaban incesantes, desesperados, comilones. Al comienzo pensé que eran abejorros por lo gordos, pero al verlos más de cerca descubrí su rostro horrible y amenazante.
—Salen de la tierra —dijo uno de mis acompañantes—. Ahí viven durante el invierno.

—¿Qué son?
—Mosquitos.
La camioneta se detuvo frente a un río ancho y calmo que nos separaba de unas enormes montañas de hielo cuya cúspide no alcanzábamos a divisar desde nuestra posición.
Hacía bastante calor, sin embargo.
Mis acompañantes se desvistieron en el acto y se lanzaron al río.
—¿No vai a entrar, peruanito? —me gritó uno.
—Sí, ahí voy.

Cuatro
Mi familia: Eduardo, Doris, Raquel, Marcelo y yo.

Cinco
Los brazos de Úrsula.

19 de septiembre de 2012

Aparece


Queridísima Cítara.

Hoy, mientras releía la correspondencia que hemos ido intercambiando durante los últimos años, me he sentido notablemente conmovido. Me gusta cada vez que reduces mi nombre a cuatro letras, a dos sílabas. Y lo escribes, además, tan cariñosamente que yo me deshago en el placer insólito de ser tu amigo. Yo también intento estar a la altura —no sé si te has dado cuenta— y luego te digo todas esas cosas medio cursilonas que me salen tan naturalmente, Cítara, que hasta me da pudor mencionarlas aquí. Disculpa, la sinceridad.
Sin querer, tenemos una amistad de varios años, con temporadas más fecundas que otras, desde luego. A veces, cuando pienso en todo ese tiempo, no sabes lo afortunado que me siento de haber llegado a tu oficina aquella tarde y que me recibieras besucona. ¿Te acuerdas en que derivó nuestra plática? Empezamos discutiendo mis posibilidades de publicar en la editorial que representabas y terminamos chismeando de la vida de los escritores celebérrimos de los años veinte. Yo no sabía que Whitman publicaba elogios de sus libros sin que nadie se enterara del origen de esas obsequiosas críticas.
Conociste, aquella tarde, de mi francofilia. A ti también te gustaba Francia, Cítara, y me confesaste que estabas ahorrando para irte, de una vez por todas, de este país de insensibles. Acto seguido hiciste un puchero enojón que más bien me pareció tierno, y te lo dije, y sonreíste. Te quise demasiado esa tarde, demasiado... Me hubiese abalanzado sobre tus hombros para besarte si no nos hubiera estado mirando con aires desdeñosos un señor obeso y enfurruñado al que llamabas Luisito.
Luisito me daba mala leche, Cítara. Pero tú me dijiste que era una estupenda persona. Y te creí.
¿Recuerdas la única cita que tuvimos? Yo te esperé acallado entre las sombras sagradas de una ermita —permíteme la ostentosidad—, entretanto apareciste en medio de la negrura de la noche mustia. Me sonreíste y yo sentí un calorcito que corrompió el clima. (Salió el sol, algo así, en mi corazón.) No hay espacio para la melancolía contigo. Eres una bruja maravillosa.
¿Cómo serás en las mañanas? Supongo que más enojona de lo común. Tú, que eres tan veloz y ocupada, las primeras horas del día seguramente son tus martirios. Me encantaría poder observarte toda una mañana sólo por verte renegar de vez en vez. Te pones tan linda cuando te enojas, yo siempre te voy a recordar mirándome con los ojos chispeantes y los labios endurecidos.
La paciencia, pues, no es una de tus virtudes más encomiables. Tienes otras, muchísimas. Por ejemplo: eres lo suficientemente inteligente para no entrar política aunque poseas una retórica capaz de cautivar hasta al más despistado de los peregrinos. Sin embargo, vives tentada por el congreso. Pero, los peruanos ya sabemos que las personas verdaderamente brillantes no están sentadas en curules. Para ser congresista en el Perú hay que saber jugar Vóley primero o tener una afición patológica por comer pollo, robar cable, asesinar canes, etcétera. No me malentiendas, tú serías una congresista extraordinaria, pero me temo que todos tus proyectos —brillantes, sin duda— no serían apoyados por la sarta de vándalos y envidiosos que conviven allí.
Tus virtudes y defectos no me son ajenos, los compartiste conmigo. Te conozco, no sé si demasiado o demasiado poco. Y te quiero. Yo no sé si tu me quieres, supongo que no. El cariño se gana y yo te he venido perdiendo de a pocos.
Sin embargo, yo siento todavía que somos amigos, Cítara. Amigos lejanos, si se quiere; pero amigos, al fin y al cabo, que se buscan, que se escriben, que se piensan, agazapados, enfrentados por la desilusión de no estar juntos.
A veces siento que no podría quererte de otra forma sino epistolarmente; y que tú tampoco sacrificarías tu dignidad para acercarte demasiado a un escritor como yo.
Aunque lo cierto es que te extraño a diario. Y ultimamente todavía más.
Te extraño, por supuesto, en este momento mientras te escribo.
¿Dónde estás? ¿Por qué me has dejado en la orfandad?
Ojalá las estrellas se alineen de nuevo y podamos vernos siquiera de lejos, siquiera tantito. A mí me basta con que me sonrías para ponerme a escribir.

Ósculos,
Lorenzo

11 de septiembre de 2012

Sobre qué escribir


Otro día con la página en blanco.
He aquí el dilema: acerca de qué escribir.
Le he dicho a Úrsula que no me llame cuando estoy trabajando, que no se ande preocupando por mí, que lo más lejos que puedo estar de la casa es el balcón. Al jardín no llego —antes, sin embargo, pasaba allí varias horas dedicado a la contemplación—, tendría que bajar las escaleras y luego volver a subirlas. Es un trámite engorroso, agotador; prefiero pensar que lo hago y que algo sucede en el camino, alguna desgracia o fortuna de la que pueda hallar alguna energía literaria. ¿Energía literaria? ¡Qué tontería!, quiero decir una historia. Ya no soy el de antes, es fácil averiguarlo para el que me conoce. Quizá baste con leerme, quizá...  
Escribir o no escribir, me gustaría poder decidirlo; pero yo no funciono así, a mí las historias tienen que buscarme. Así es, me acostumbré mal. Años trabajando como negro literario iban a pasarme factura en algún momento. Y estas son las consecuencias: la dejadez, la flojera, la moderación, el poco ímpetu lingüístico, la falta de locuacidad y una ambición literaria venida a menos.
Sin embargo, escribo. A veces no sé qué escribir —como ahora, por ejemplo— y escribo de eso, precisamente. Escribo para no ahogarme con la almohada. Antes, al menos, podía cavilar en la muerte y mi impronta era el tormento de estar vivo, la voz gutural del sepulcro. Pero ahora ya ni morirme quiero, le he encontrado ciertas ventajas a la existencia sobre la inutilidad del óbito.
Antes no sabía muy bien qué traía entre las manos, si un puñal o una pluma. Ahora sé que era una pluma destartalada, herida, ensangrentada, por eso la confusión, por toda esa sangre, cualquiera se confunde. ¿Servirán mis disculpas si me disculpo? Yo no quería ser tan triste, no quería…
Y ahora escribir sigue siendo una necesidad, pero no más para sobrevivir sino en sí misma como una vocación perecedera. De cierto modo sigo escribiendo para trasladar mis culpas al papel, para ganarme enemigos, para que me lean, para que me quieran; pero la diferencia es que la vocación de escribidor se ha puesto por encima de mis sentimientos.
No soy un escritor, sólo soy alguien que escribe; y esto, por ahora, me basta. Puede acusárseme de conformista. A lo mejor lo soy, quien sabe. Pero ¿cómo podría darme aires de escritor si cada vez que regreso a Borges o a Ribeyro siento una excesiva lástima de mis inventivas?
Borges, por lo menos, es el señor feudal del cuento; Flaubert de la novela. De la poesía, pueden ser varios, hay buenos poetas franceses y americanos, pero prefiero a Vallejo. Ellos serían los patrones de conducta de todo escritor que se precie.
Úrsula no me entiende cuando le cuento estas cosas. Halaga demasiado mis historias y eso me hace daño. Ella cree que soy —o seré— un gran escritor y que he superado a muchos escribidores de mi tiempo con lo escrito hasta ahora. No consigue ser objetiva conmigo; a lo mejor si leyera más a Proust, Hemingway o a don Mario en vez de Cohelo o Brown, me entendería…
¡Sí! ¡Eso voy a hacer!... ¡Es una idea fabulosa y aplicable!... Siempre que Úrsula llega del trabajo se compadece de mí al verme tan afanoso machucando estas teclas del demonio y me lleva una tranquilizadora taza de café al escritorio. Hoy, cuando aparezca por aquí, voy a pedirle que se siente en mis piernas y le leeré a Balzac: las historias de amores sórdidos, extraviados en los senderos macabros del arte, envilecidos por lo incomparables que son con la escritura, y la que tendrá que tomarse el café será mi pobre y querida Úrsula, escandalizada.

2 de abril de 2012

Las horas más lindas


3.15 am

Sencillamente no puedo dormir. Lo terrible es que más tarde, estaré repleto de actividades: ir al mercado con el pequeño Will, comprar: harina, gluten, huevos, aceite. Preparar la lasaña para las visitas que serán, al parecer, ocho. ¡Ocho! Y yo sigo despierto y pensando en esas visitas. Ojalá venga Úrsula. Lo más probable, sin embargo, es que Úrsula no quiera verme, ayer no conseguí hacerla feliz con mis historias. Además ella se quedó dormida antes de los masajes, y cuando se despertó era yo quien roncaba. Luego me desperté y Úrsula ya no estaba, había huido por los desfiladeros.
Tampoco contestó a mis llamadas.
Pero Úrsula no me desvela ni me preocupa tanto en estos momentos. Escribir, eso sí me preocupa. No estoy apurado por escribir, el tiempo es una sombra de mediodía. No es prisa, es ansiedad. Sucede que no concibo una vida lejos del teclado, cuando dejo de escribir comienzo a morirme. Y llevo ya varios días agonizando en mi habitáculo, retorciéndome como un cerdo al que acaban de castrar. Hasta huelo a descompuesto y todo. Las palabras se me escapan hediondas de las manos. Escribir de forma esporádica estos últimas días le resulta peligroso a este mortal madrugador, en vez de relatos dejo testamentos de defunciones.
Qué demonios: tengo que dormir, pero también tengo que escribir. Lo cierto es que no quiero dormir poco. ¡No quiero! Mínimo ocho horas. ¡Mínimo! El que poco duerme nunca termina de despertarse.
Mañana lo acabo de decidir no voy a cocinar; hace unas horas —cuando empecé a escribir estas líneas— sí quería, pero ya no, al menos, por supuesto, que venga Úrsula también, entonces sí cocinaré y con gusto—, y hasta procuraré portarme como un hombre sociable delante de los invasores. Espero que contestes el teléfono, cariño. Te llamaré a las nueve; si vienes, iré al mercado en el acto de la mano del pequeño Will, ya sabes, para que me ayude a escoger los tomates; si no vienes, está bien, dormiré más, roncaré más. Y todos pueden irse directito a la mierda, o a sus casas, que, al fin al cabo, podría tratarse de lo mismo. O viceversa, verá usted.
Pienso ahora en los invitados: Karen, Adolfo, Ximena, David, Juan Carlos, Julia, Camila y Melissa. Para ser franco, no creo que sean mis amigos… ¡Qué tontería!, definitivamente Juan Carlos no puede ser amigo mío. Este fulano había vivido enamorado de Úrsula durante meses (quién sabe si años) y no tuvo el decoro de decírmelo, qué hubiese hecho yo por él, a lo mejor no mucho, pero algo se me hubiera ocurrido, una solución que nos haga felices a ambos, más bien a los tres. 
Que Juan Carlos haya estado intentando seducir a mi novia es, hasta cierto punto, entendible y hasta perdonable. Úrsula es preciosa, demasiado para mí (los dos estamos de acuerdo en esto); pero la seducía en secreto el miserable, disfrazado como un amigo, que es, por lo demás, repugnante. No obstante, por ese tiempo cayó en desgracia. Murió Cardoso, su pastor alemán, y se le murió así de repente, sin avisar, quizá de cansancio, de viejo o de pena, en fin… todos los perros mueren tristes. Pero el animal representaba el espíritu aventurero de Juan Carlos. Nadie duda que Cardoso era como un hermano para él, hasta no faltó quien dijera que más bien era como un padre, ya que éste estuvo ausente desde que Juan Carlos fue concebido. La soledad lo alcoholizó y el alcohol lo sacó a golpes del trabajo, y ya ni tuvo tiempo para querer a Úrsula. De todo esto me vine a enterar ayer, hecha anticipadamente las invitaciones a los comensales de mañana, entre los cuales se hallaba este indeseable. Úrsula me contó, medio sonámbula todavía, acerca de la correspondencia calenturienta que mantuvo durante meses con Juan Carlos. ¿Te llegó a gustar?, indagué. Sí, siempre me había gustado Juancito, se veía…, no sé, ¿obtuso?
(Si no escribo, me lanzaré por la ventana.)
No le respondí. Me mordí la lengua y eso fue todo. Y Úrsula ni cuenta de mi ego herido.
(Apropósito de mi ventana, no la he cerrado en todo el verano. Apropósito del verano, no me he vuelto a poner pantalones desde Enero. Ahora, por ejemplo, estoy calato. Sigo mi instinto. Todo me cuelga del cuerpo. Todo me crece.)
¿Qué sería, me digo, si nadie llegase para el almuerzo más tarde? Llevaría la comida a la casa de mi abuela pobre, la mamá de mi mamá. Después me quedaría admirando su miseria que es abundante. ¿Dónde se encuentran tus hijos, mamita? Todos vivos, papito, confirmándose en la iglesia, fuertes en el Señor.
Ya está: mañana iré a ver a mi abuela aunque llegue todo el mundo para celebrar mi cumpleaños. Confío en que Juan Carlos jamás llegue a ningún lado. También mañana, diré más tarde, volveré a escribir, y para eso tengo que evitar a las visitas… ¿alcanzaría, acaso, a escribir con tanta gente deambulando por la casa? Imposible. Me desacomodarán el escritorio, dañarán mis libros, usarán mi computadora, husmearán entre mis apuntes, harán preguntas. Solamente Úrsula podrá salvarme de este desasosiego. Dónde estás, querida. ¿Vamos a ver a la abuela?
Todos duermen, pero la noche aquieta más a los noctámbulos. Nada más apacible que la oscuridad natural. El silencio es cómodo. Qué importante resulta el silencio para mí, me ayuda mucho a pensar y a resolver los enigmas de mi existencia. Lo que sigue es una tautología: la noche es silente. Aprendí a valorarla en la pubertad cuando resolví convertirme en escritor. No debería dormir ahora, más bien debería escribir sin reparos, resucitar, resucitar a ese joven imberbe maravillado con los inmejorables relatos de Borges y Conrad, y compadecerme de los minotauros y marinos que han olvidado el coraje de sus años mozos, divagaré de nuevo por derroteros desconocidos de Andalucía, Yonville y el Congo, feliz, con el sol cayendo ante mis ojos, meditando en los cantos de sirenas carnívoras y la afectuosa compañía de Sancho.

Lima, 2012

29 de febrero de 2012

Madrugadas


Uno
En el Facebook: converso con Juan Martínez toda la madrugada. Hablamos de Literatura y de nada más. Por ratos dejamos la conversación en stand by porque ocurre uno que otro accidente automovilístico en las contradictorias avenidas del centro de Lima, se murieron cientos en un terremoto, se celebraron centenarios en la plaza de armas, entrevistó a un ex ministro de economía, se incendió una casa, los jóvenes del Movadef pintaron las paredes de un colegio en el Agustino para pedir la amnistía de todos los acusados de terrorismo, sobre todo, por supuesto, la de Guzmán, escribió una crónica con más adjetivos que sustantivos, hizo requisas en el Hueco. Esta vez Juan no dice adónde irá ni qué ha acontecido afuera, simplemente se va prometiendo regresar lo antes posible. Supongo que espera que encienda la radio y escuche su voz a través de ese aparato que ya hasta olvidé como se usaba. Solamente cuando Juan aparece como desconectado, vuelvo a abrir los archivos que tengo apilados de mis clientes y me pongo a trabajar. Ya no hay Literatura, ya no hay nada.

Dos
Me llama Juliana a la una. Sabía que estabas despierto, tú nunca duermes. No es verdad, yo duermo cuando el sol araña mis ventanas, y duermo bastante bien. Me cuenta de sus hombres, son tres: un ex, un amante y el oficial. El oficial es amigo mío, por eso le pido que ya no me hable de los otros dos, pero Juliana necesita contárselo a alguien sino se muere, dice. Se pone a llorar, se queja de ser muy desdichada en el amor, me pregunta si no me apetece que nos viéramos para conversar más tranquilamente, por ejemplo, en su habitación. ¿O prefiero que venga a la mía?

Tres
Úrsula está cosiendo. Imagino que cuando vivamos juntos me tendré que acostumbrar al sonido de su máquina. Le dejo un mensaje en el inbox del Facebook que no me responderá hasta la tarde.

Cuatro
Leo.

Cinco
Tengo dos clientes, uno se ha vuelto mi amigo, se llama Marcos, es argentino. Le escribí el año pasado una novela romántica. Por cosas de la vida, Marcos me ha quedado debiendo un dinero que me pagará de a pocos, de cien en cien, ha prometido. Admito que le he llegado a querer con el tiempo, si no me llegase a pagar lo convenido, no pretendo perderlo como amigo. El otro se apellida Ruíz, es boliviano, se vanagloria de haber salido en la televisión de su país, piensa que un libro le dará todavía más reputación. Yo intento desengañarlo, pero no se deja.

Seis
Busco comida en la cocina por las madrugadas. A veces llego tarde y me encuentro con una cucaracha chupando mi pan francés. No la molesto, se lo ha ganado, ha sido más astuta que yo. Lo que no tolero es cuando paren las cucarachas, no tienen pudor ni de desembarazarse en pleno pasadizo. Ahí sí las mato, las aplasto con mis medias no sin dejar de sentirme un genocida, malvado corazón ambientalista. Cada vez que sucede me acomodo en la oscuridad de la sala por unos minutos antes de volver a Kafka y la vez que Gregorio amaneció convertido en cucaracha y no quería ser descuartizado por los hombres. ¿Y si mañana cambio de forma?, me pregunto sin sentirme estúpido, qué pasaría si Úrsula me encuentra chupando un pan en vez de morderlo.

Siete
Extraño a mis amigos: Antíoco, David y Julián. Aunque ninguno parece interesarse más en mí. No debieron casarse, el matrimonio o, más bien, sus esposas, los alejaron de mí.

Lima, 2012 

27 de febrero de 2012

Relatos


Estoy que me muevo entre dos mundos que son dos relatos. El primero empieza con un suicidio en un barrio de Chaclacayo, un escritor se vuela los sesos de un balazo. El segundo acontece en la ciudad de Lancaster, en un hotelito alejado del centro, otro escritor se vuela los sesos de un balazo. Seguro creerán que soy una mierda como escritor, y no voy a defenderme ante tal acusación. De hecho, hasta la respaldaría si no fuera porque a partir de ese suceso en común entre ambas historias surgen dos perspectivas de la existencia y la sociedad nunca antes contempladas por la Literatura mundial. (Estoy exagerando, claro... pensé que con una verborrea inteletualoide conquistaría sus corazones.)
Lo cierto es que atrás quedaron otros proyectos, otros relatos inconclusos, cinco, para ser precisos. ¿Tendrán mis dos últimos relatos la misma suerte? Es muy probable. A medida que avanzo se descontrolan, mis manos se mueven solas por el teclado, guiadas por un titiritero macabro y diabólico. Mis personajes, ni qué decir, hacen lo que quieren, me objetan, razonan conmigo, se burlan de mi supuesto conocimiento del curso de la historia. Así no se vale, yo quiero terminar mis historias, pero tengo que pelear hasta sangrar para conseguir un buen párrafo. Es una lástima esto que me pasa. Úrsula tampoco puede ayudarme; es más, me irrita que se haga la comprensiva conmigo y me hable con tanto afecto al verme claramente derrotado.
Le he mandado una carta a Rocío contándole estas cosas. No he querido llamarla, no es lo mismo. El teléfono falsea las voces, a partir de ahí todo se corrompe; en cambio, ¿quién no puede ser transparente por escrito? En la oficina de correos me dijeron que la carta demoraría tres días hasta Santiago. Ya han pasado dos semanas. Quizá la carta no ha llegado todavía o Rocío no quiere responderme. Debe seguir enojada conmigo por haber huido de regreso al Perú. La otra vez leí una entrevista que le hicieron para una revista literaria de México. Había una foto de ella con una enorme biblioteca de fondo. Estaba feliz. Y sus ojos no mentían: acababa de dar a luz a un libro.
Debo huir con Úrsula a alguna parte, lejos, muy lejos. Lima me está robando las ideas, todo es mugre y bulla, esto está bien para informarse y protestar, para un trabajo previo de observación y aprendizaje, pero no para escribir. Para mí, al menos, no. Me refiero a que yo necesito respirar otros aires más livianos para escribir con un poco de fluidez, para terminar estos relatos facinerosos que por lo común me desvelan.
Estoy haciendo las averiguaciones pertinentes, ya tengo dos opciones: San Pedro o Lurín. Se lo he hecho saber a Úrsula, y ella dice que da lo mismo, que en esos viajes lo único que me importa es escribir y conversar con gente desconocida, quizá ni vaya. Definitivamente –pienso– no da lo mismo como dice Úrsula: San Pedro suena a monasterio, a domingo de mañana, demasiado católico; Lurín es más bien un apellido amigable. Lurín será.
Son las once. Los gatos en la azotea empezaron a aparearse. Escucho hasta aquí sus gemidos calenturientos. Pocos animales aparecen en mis historias, debería incluirlos más seguido. El vecino, por ejemplo, cría gallos en su casa para las peleas. Úrsula quiere un pequinés, como si ella se responsabilizara por Mudito, nuestro conejo. Pobre Mudito, tiene pulgas, muchas pulgas, el pelaje se le está cayendo de tanto rascarse. Los gallos del vecino cantan a las cuatro de mañana y luego a las seis; durante el día, no obstante, enmudecen, seguramente duermen. Tengo un primo que canta como esos gallos, el talento lo ha sabido manejar y se ha vuelto reguetonero. Cuando nos vemos me saluda con cariño, me dice hermano, hermano en la lírica.
Maldita sea, tengo que dormir, mañana tengo que ir temprano a recoger a los padres de Úrsula al aeropuerto. El papá de Úrsula es un personaje de uno de mis relatos, el señor Alcántara, así le he puesto en la ficción al señor Rosales, y lo he implicado en la muerte del escritor de Chaclacayo como responsable de que se suicidara. Ojalá lo pueda meter a la cárcel, quiero decir al señor Alcántara. No te me escaparás esta vez, mañana iré a estudiarte, a mirar cómo frunces el ceño, cómo sonríes, cómo caminas, cómo hablas. Te haré muchas preguntas y después escribiré sobre ti, ya verás, ya verás...

Al corazón de María
Lima, 2012

25 de febrero de 2012

Plan H


Humanoide desmemoriado y desnudo, dudaba, razonaba que la noche estaba lejos, en el cielo. Intentó acostarse remangándose la piel que le protegía el glande. Era feo, como él, como todo, como la mañana de los gatos. Apestaba, además. Inclinó su cabeza para decidirse escribir sobre sus muslos. Pensó que no encontraría otro modo de entregarse a la Literatura que encarnándola. Lamió la punta del bolígrafo y empezó a redactar la historia de un hombre que, aunque lo intentaba con ahínco, no podía congraciarse con sus progenitores. Sangró con las últimas palabras. Quiso averiguar si la historia trataba de él o de otro ser inanimado, pero la mañana ya acosaba a las tinieblas que hasta ese momento gobernaban el cielo, y tuvo que apresurarse para descender a los abismos.